El Record

IMANOL y MANU, LEYENDAS DEL CBM PETRER

Hay despedidas que trascienden lo deportivo. Hay momentos que obligan a mirar atrás y tomar conciencia de todo lo vivido. Este es uno de ellos. Nuestro club dice adiós a dos jugadores que no solo han marcado una época, sino que han definido lo que significa pertenecer a esta casa. Más de 22 y 20 años de entrega, compromiso y amor por estos colores llegan a su fin con la retirada de Imanol y Manuel Ruiz.

FRANCISCO JAVIER PUCHE FRANCÉS. Imanol representa como pocos la esencia del club. Puede que en sus inicios no fuese uno de los nombres más destacados de su generación, pero el tiempo ha puesto todo en su sitio. Su esfuerzo constante, su perseverancia y su fidelidad absoluta —sin haber defendido nunca otra camiseta pese a las numerosas ofertas— lo han convertido en un símbolo. Un jugador que, aunque habitualmente encasillado en el extremo, nos regaló temporadas memorables ocupando el lateral derecho en 1ª Nacional, demostrando su versatilidad y compromiso con el equipo por encima de cualquier etiqueta.

Pero si hay algo que define también la trayectoria de Imanol es haber estado presente en todos los grandes hitos deportivos del club.Junto a Yeray, es el único jugador que ha logrado disputar sector en todas las categorías de formación: en infantil (1º año en Cartagena y 2º en Ciudad Real), en cadete (1º en Petrer y 2º en Ciudad Real) y en juvenil (1º en Córdoba y 2º en Ciudad Real). A ello se suman logros históricos como el ascenso de provincial a 2ª Nacional en Petrer con Juanjo Pellín, el salto de 2ª a 1ª Nacional también en Petrer con Vicente Martínez, y la disputa de la fase de ascenso a División de Honor en Carballo con Julián Gil. Más de 22 años en el club que hablan por sí solos de una trayectoria única e irrepetible.

Pero Imanol ha sido mucho más que un jugador. Su implicación como entrenador de base ha dejado una huella imborrable en los más pequeños, convirtiéndose en un ejemplo dentro y fuera de la pista. Basta recordar las presentaciones del club o los momentos de celebración para entender el respeto y la admiración que genera. Eterno capitán, referente para las últimas generaciones, su marcha deja un vacío difícil de imaginar. Cuesta pensar en el primer equipo sin su presencia. Imanol fue, es y será un referente, como lo fueron en su momento otras grandes figuras que marcaron nuestra historia.

Por su parte, Manuel Ruiz ha construido su trayectoria desde la constancia, el esfuerzo y el pundonor, valores que han definido tanto su carrera deportiva como su manera de ser. Siempre se decía aquello de “con 14 Manus seríamos campeones de España”, y no era una exageración. Su actitud ha sido irreprochable: jamás una mala cara, jamás un gesto fuera de lugar, siempre sumando, siempre aportando.
Ha sido el ejemplo perfecto de disponibilidad y compromiso. Dispuesto a jugar donde hiciese falta, a hacer esfuerzos extra sin pedir nada a cambio —entrenando en Valencia entre semana y compitiendo con el equipo los fines de semana—, su nobleza lo ha convertido en un espejo en el que mirarse para jóvenes y veteranos. Su impacto en el crecimiento del club ha sido enorme.

También dejó su huella como entrenador, donde tuve la suerte de compartir etapa con él en la generación de su hermano. Ahí ya se intuía lo que era: alguien que entendía el balonmano de manera natural, que lo hacía fácil, y cuya aportación fue clave para alcanzar aquel sector. Sin duda, perdimos un gran entrenador cuando decidió centrarse en su etapa como jugador.
Y si algo define a Manu, más allá de todo lo anterior, es su calidad humana. Siempre recordaré aquel momento en el que, teniendo que elegir una única ficha, decidió dar un paso al lado para que su hermano debutase. Un gesto que habla por sí solo. Al año siguiente, ya con sus estudios finalizados, formalizó su entrada en el primer equipo, donde ha permanecido hasta hoy. Solo su etapa académica en Valencia impidió que su recorrido en el primer equipo fuese aún más largo. Como Imanol, su fidelidad al club ha sido total.

A nivel personal, me siento profundamente privilegiado. He tenido la suerte de verlos crecer durante más de dos décadas, primero como jugadores —en mis propios inicios como entrenador—, después como compañeros dentro de la estructura del club, más tarde nuevamente como jugadores a mis órdenes, y hoy puedo decir con orgullo que son amigos. Amigos a los que admiro profundamente y de los que me siento orgulloso por todo lo que han conseguido.
No están siendo semanas fáciles. Ver cómo se despiden los dos últimos pilares de unas generaciones irrepetibles deja un sentimiento de vacío difícil de gestionar. Pero también me quedo con algo muy especial: esta temporada, en mi regreso al club como ayudante de Vicente, he tenido la oportunidad de acompañarlos en su despedida, igual que estuve en su inicio. Y eso, sin duda, es un regalo.

El sábado, cuando todo termine, sólo habrá palabras de agradecimiento. Porque en realidad, somos nosotros quienes debemos darles las gracias a ellos. Por su entrega, por su ejemplo y por haber hecho de este club algo mucho más grande.

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